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Roberto Ibiricu Coto
Un precio muy alto por clamar justicia
Roberto Ibiricu Coto lo había advertido. "De mi casa
tendrán que sacarme muerto. Llegaré hasta donde sea para que revisen mi
caso", dijo a Interviú el viernes 23 de junio de 2000. El Lunes
siguiente, una comisión judicial formada por un agente, funcionarios,
policías y un cerrajero acudía a las 12 del mediodía para ejecutar el
embargo de su vivienda, en el barrio del Pilar de Madrid. La sentencia
que le condenó en 1993 a ocho años de prisión por estafa al negarse a
devolver varias fianzas a los arrendatarios de unos locales que tenía en
la capital establecía el pago de una indemnización a los inquilinos.
El 26 de junio, la agente judicial informó telefónicamente al juez del
comienzo de la diligencia. Cuando abrieron la puerta, Ibiricu estaba
tendido inconsciente en el sofá, había ingerido un montón de pastillas y
había dejado escrita una carta de su puño y letra en la que pedía la
revisión de su causa. Ni caso. La comisión judicial llamó al Samur y
prosiguió con la diligencia. La ambulancia se lo llevó entubado al
hospital mientras en el piso se hablaba de retirar sus pertenencias.
Este ejemplo de insensibilidad judicial -"de violación del derecho de
defensa, diría yo, ya que han practicado el embargo con una de las
partes implicadas sin sentido y con las facultades anuladas", sostiene
su abogado, Rafael Ruiz- es un episodio más que anormal del
funcionamiento de la justicia. Ha sido la protesta más extrema de este
asturiano de 57 años para que se revise el proceso penal que le llevó a
prisión por una estafa que él dice que no cometió. Hoy, después de haber
pasado diez días en coma, Ibiricu ya ha salido del hospital. Hombre
culto que escribe en seis idiomas, con más de 30 libros publicados y que
trabajó de escritor y guionista de cine, Ibiricu siempre ha mantenido
que su encarcelamiento fue una venganza personal del juez de la Audencia
de Madrid Miguel Hidalgo Abia. Días antes de sentarse en el banquillo
acusado de no devolver el dinero entregado como fianza por varios
arrendatarios de unos pubs que poseía en Madrid, Ibiricu acudió a un
programa de televisión y arremetió contra los que le iban a juzgar. Fue
su perdición. Roberto denunció desde un principio que las personas a las
que había alquilado los pubs habían dejado de pagarle la renta, pero
éstos supuestamente se unieron y le acusaron de no querer devolverles la
fianza. Su tenacidad defendiendo que iba a ser condenado con la única
prueba de un papel fotocopiado -una supuesta orden de desalojo contra
los arrendatarios, que dijeron había falsificado-, le terminó pasando
factura. En la cárcel pasó tres años y desde que logró la libertad
condicional ha acudido al Defensor del Pueblo, a Estrasburgo, a Amnistía
Internacional, al Constitucional; ha denunciado la "sinvergonzonería" de
media docena de abogados y ha puesto en evidencia al tribunal que lo
condenó. En abril de 1996, cuando se tramitaba su indulto, el juez
Hidalgo se opuso a la medida de gracia y acusó a Ibiricu de poseer una
"personalidad de base esquizoide", apreciación que el Servicio de Salud
Mental de la Comunidad de Madrid desmintió después al afirmar que no
sufría "ningún trastorno delirante paranoide o esquizofrenia paranoide".
El abogado Rafael Ruiz, defensor de Ibiricu y representante de la
Asociación de Afectados por Abusos Judiciales, estudia presentar un
recurso de revisión ante el supremo y asegura que el juzgado ha dictado
resoluciones sin que el cliente tuviese abogado. A finales de 1999
Ibiricu recusó al juez Hidalgo por "enemistad manifiesta", actuación
que, como muchas otras, no ha servido de nada. "Este juez estaba
contaminado desde que sentenció a Roberto y ha seguido prejuzgándole y
tomando decisiones predeterminadas", mantiene Ruiz. |